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septiembre
2003

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LA VIDA NOS CAMBIÓ DE GOLPE

      Cuando se cumplen treinta años del Golpe de Estado de 1973, numerosos medios de comunicación descubren nuevos aspectos de los acontecimientos históricos, de los personajes públicos y de las instituciones de la época. Simultáneamente, en las conversaciones más privadas y al interior de cada uno de nosotros se desarrolla un doloroso pero saludable ejercicio de memoria.
      Desde el momento actual es más fácil percibir los profundos cambios que el golpe ocasionó en la vida cotidiana, a veces en sentidos contrapuestos. La violencia interrumpió nuestra cotidianeidad, nos conmovió emocionalmente y nos dejó de repente sin futuro ni pasado a los cuales recurrir en búsqueda de respuestas. Para quienes fueron víctimas en algún grado de la violencia represiva del Estado ese cambio tiene características definidas: se interrumpieron los proyectos de vida, se suspendieron los estudios, se dispersaron las familias, se terminó el trabajo, muchos tuvieron que abandonar el país, mientras otros sufrían la muerte de seres queridos.
      El miedo invadió la vida privada, miedo a que los hijos hablaran de algo indebido en el colegio, miedo a confiar en alguien desconocido, miedo a parecer culpable de algún difuso delito, miedo a ser sorprendido durante el toque de queda. En ese contexto, fueron las mujeres quienes sostuvieron la vida cotidiana.
      Para quienes pensaron que el Golpe era necesario hubo un primer momento de alegría y celebración, pero a poco andar muchos descubrieron que no sería fácil, que la muerte rondaba las esquinas, y se escuchaban cosas terribles que, aunque le pasaran a otros, no podían dejar de oír. Pero muchos vivieron durante años, y aún lo hacen, guardando un silencio cómplice, a veces por comodidad, a veces por temor y otras por no saber cómo enfrentarse a su círculo social inmediato o a sí mismos.

      Argumentos para el cambio quiere en esta oportunidad mantenerse cercano a la vivencia cotidiana y, desde allí, recordar los afectos y las emociones que nos inundaron en esos días, los que hoy se reviven con tanta intensidad y actualidad. El hacerse cargo de estas emociones nos abre al pasado y al futuro y nos permite elaborar situaciones traumáticas que han permanecido empozadas.


Sabía que...
Se lanzó la Campaña Pro Monumento a las Mujeres Víctimas de la Represión.

Historias que deben ser contadas

      Uno de los hijos adolescentes de una familia no comprometida en política, de clase media, es detenido una noche durante el toque de queda por llevar el pelo largo. Pasa un gran susto y descubre que no es llegar y andar por la ciudad a cualquier hora y vestido de cualquier manera; ahora hay que saber los horarios, los controles y cómo está permitido vestirse. Nada de eso le sucedió al padre cuando tenía quince años, ni pensaba que pudiera sucederle a él, pero ya sabe que todo ha cambiado y es posible.
      Una pareja regresa a Chile en 1980, desde Francia, después de una beca de estudios que la mantuvo alejada de Chile durante el período del golpe. Un día, el toque de queda le sorprende a él en la calle; un carabinero comprensivo le indica que puede pasar la noche en la comisaría o en un bar que permanece abierto con permiso policial toda la noche. A ese lugar llegan turistas desde los hoteles de lujo, en taxis autorizados por el ejército. La noche dentro de ese recinto, con espectáculos y vedettes, contrasta con lo que sucede en las calles, vacías y peligrosas. Por ello se queda, aunque sabe que su mujer y sus hijos lo esperan ansiosamente.
      Este clima lleva al aislamiento y la desconfianza. Sólo hablábamos claramente con quienes estábamos seguros de conocer bien y, con los años, la apertura a los demás, a lo nuevo, nuestros vínculos sociales y los espacios de encuentro se debilitaron hasta casi desaparecer. Chile se convirtió en una sociedad constituida por miles de pequeñas islas, al interior de las cuales las personas lograban sentirse algo más seguras. De esto se quejan hoy día, no sin razón, algunos extranjeros que vienen a vivir en el país.
      Mucho más duro fue el tránsito a través de todos los años de dictadura para quienes sufrieron directamente la cárcel, la tortura, la desaparición de alguien cercano o el exilio.
      María, una de las tantas afectadas, daba clases en un colegio cuando su esposo desapareció. Pero pese a su dolor debía mantenerse callada en su lugar de trabajo y aguantar en silencio los comentarios denigrantes sobre los desaparecidos: "seguro que andan paseando por el extranjero, se fueron con otra o andan poniendo bombas". Ella recorría los centros de detención preguntando por su marido, al mismo tiempo que cada mañana debía levantarse para ir a dar sus clases. En el norte, Javiera no se atrevió a contarle a nadie, durante muchos años, que su marido había sido ejecutado. Cada día debía llevar a sus niños al colegio, les insistía que no contaran nada y procuraba cumplir con su trabajo de forma eficiente y de buen humor, porque atendía público en un consultorio. En otros casos, fueron las mujeres las que resultaron detenidas y desaparecidas dejando tras ellas a familiares buscándolas desesperadamente; muchas veces éstos también tuvieron que buscar a hijos o hijas de esas mujeres, que nacieron en los centros de detención y también desaparecieron.
      Esta realidad la compartieron muchas mujeres que debieron sostener la vida cotidiana de sus familias, darles ánimo y resolver sus necesidades básicas. La posibilidad de expresarse, condición indispensable para elaborar el duelo, no estaba permitida. Debieron pasar años en un país que recobraba la democracia para poder enfrentar estos hechos.
      Entre quienes celebraron el Golpe están quienes lo impulsaron y colaboraron en su realización, aquellos que se vieron beneficiados y los pocos que eran indiferentes al curso de los acontecimientos. Los que vivieron sin saber a ciencia cierta la magnitud de lo que ocurría y, recién después del noventa, en un clima de mayor difusión de los hechos, han debido aceptar que fueron cómplices sin quererlo. Pese a tener indicios de que algo pasaba, el silencio de los demás les impidió entender las claves y protestar frente a una situación que hoy les resulta inaceptable.
      No tenemos muchos testimonios de torturadores, pero podríamos preguntarnos qué pasaba en su vida al terminar su jornada laboral en algún servicio de seguridad y mirar a sus hijos y su mujer después de haber torturado a alguien o de haber lanzado a un grupo al mar. Ellos viven hasta hoy con un lastre que sólo la justicia les podría aliviar.
      No somos aún conscientes como sociedad de los efectos de haber vivido privados de la libertad durante tantos años. Cómo cambiaron nuestras costumbres, nuestros hábitos cotidianos, nuestros valores. Cómo el individualismo fue más fuerte porque era más seguro que la solidaridad y la confianza. Llamar las cosas por su nombre podía traer graves consecuencias, confiar en extraños también. El silencio y el miedo nos cambiaron.


Sabía que...
La política del Gobierno sobre Derechos Humanos propone la ratificación del Estatuto de la Corte Penal Internacional.

Los afectos del recuerdo

      Los acontecimientos del pasado pueden abordarse desde distintas perspectivas que contienen una carga de emociones. Los esfuerzos de hacer análisis históricos críticos y autocríticos deben tener en cuenta el conjunto de intereses, posiciones y dinámicas nacionales e internacionales de ese momento. No se puede hacer historia desde la pura emocionalidad y a partir de experiencias singulares. Sin embargo, para no hacerlo es preciso reconocer y respetar la existencia de las emociones, sin confundirlas con juicios razonados.
      Desde esta perspectiva, son estas emociones, el recuerdo de tantas expectativas de una vida más justa y el discurso de un demócrata desde la Moneda en llamas, lo que nos lleva a afianzar nuestra idea de la democracia como la mejor manera de vivir nuestra cotidianidad, para que no se repita el horror.


Sabía que...
Chile no ratifica aún la Convención de Naciones Unidas sobre Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y los crímenes de lesa humanidad.

La democracia como un espacio de sanación

      La democracia, en el amplio sentido del término, se ofrece como un espacio en el cual es posible recordar y elaborar los acontecimientos históricos y la convulsión social, y repensar nuestra vida cotidiana. Es el momento de abrir a todos una larga conversación que nos devuelva la posibilidad de un pensar colectivo.
      No es extraño entonces que en estos días, en que gozamos de un clima más abierto y favorable, en los medios de comunicación, en los centros de estudios, al interior de las familias y en la relación con uno mismo, volvamos al pasado desde el presente, mirando el futuro.

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Argumentos para el cambio     ISSN 0717-2346

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