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diciembre
2004

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JORNADAS LABORALES: NUEVOS PROBLEMAS,
NUEVAS SOLUCIONES

    El 1° de enero entrará en vigencia la Ley Nž 19.759 que reduce la jornada de trabajo de 48 a 45 horas semanales, y limita el número de horas extraordinarias. La extensión de la jornada de trabajo representa sólo una de las dimensiones del tiempo de trabajo. La otra es la relativa a la distribución de ese tiempo lo cual es crucial para la conciliación del trabajo y la vida privada.
    Desde hace algunas décadas, la jornada deja de ser única y surgen nuevas formas de distribución y extensión del tiempo de trabajo que suponen un trabajador o trabajadora siempre disponibles. Cada día más personas tienen sistemas de días rotativos de trabajo y descanso que perturban cualquier posibilidad de vida familiar compartida con la pareja o los hijos; jornadas interrumpidas por pausas para almuerzo de varias horas, lo que significa, en la práctica, la extensión del tiempo laboral; sistemas de turnos que rotan horas de entrada y salida impidiendo el compromiso con cualquier actividad extra-laboral; empleo seudo independiente remunerado por comisiones, que en la realidad implica una jornada sin límites; y trabajo parcial, sin delimitación de horarios ni jornadas. La tónica es la imprevisibilidad en especial para las mujeres que siguen a cargo, en gran medida, del trabajo de cuidado a la vez que se integran crecientemente al mercado laboral, como opción de autonomía y para mejorar el nivel de vida familiar. 
    Tener una jornada ordinaria de trabajo, parcial o extensa, no significa entonces disponer de un tiempo laboral con horas de entrada, de salida y de descanso relativamente estables. Se instalan nuevas modalidades horarias que tienen efectos perturbadores en la vida privada de hombres y mujeres porque invaden espacios destinados a satisfacer otros requerimientos necesarios para la familia, el descanso y la formación laboral y personal.
    Argumentos para el cambio busca abrir un debate que permita encontrar formas distintas de flexibilidad laboral que favorezcan la equidad de género, el equilibrio entre la producción y la reproducción y respeten los intereses de todas las personas.


Sabía que...
Las mujeres chilenas aportan el 54% del trabajo total que se realiza en el país.

Cuando lo normal es el cambio permanente

    Desde las primeras décadas del siglo XX y hasta los años setenta Chile tuvo por objetivo el desarrollo de una economía capitalista industrial respaldada por una estricta división sexual del trabajo que situó a las mujeres en el hogar y a los hombres en el espacio laboral. El modelo de familia con padre proveedor y madre cuidadora era apoyado por las políticas laborales y sociales que daban forma al llamado "empleo normal" característico del período. Se llama "normal", en tanto era el más generalizado, y estaba regulado mediante normas legales que garantizaban a los trabajadores estabilidad, continuidad en el tiempo, una jornada de trabajo estandarizada, un ingreso familiar y seguridad social para él y su familia. Como resultado, el trabajo social total necesario para sostener la vida humana se separó entre el trabajo de mercado y el del hogar, y entre los sexos. La vida de las mujeres se redujo al estrecho espacio de lo doméstico, siendo excluida de diversas formas de participación pública.
    La flexibilidad en la organización de la producción y del trabajo modifica sustantivamente esta relación producción/reproducción en dos sentidos. En primer lugar, desaparecen las formas estándar de empleo y surgen otras diferentes. En segundo lugar, se debilita la idea de las relaciones de género basadas en el salario familiar, aportado por el hombre quien tiene la autoridad en el hogar. Esta organización de la familia ya no es posible de mantener en las condiciones actuales de inestabilidad e inseguridad laboral, al mismo tiempo que las mujeres cuestionan ese modelo que las ubicaba en un papel dependiente. La integración femenina al mercado laboral contribuye a cuestionar las representaciones de género tradicionales permitiendo a las mujeres posicionarse como actores sociales con derechos e intereses propios. 
    En este escenario, la sociedad chilena vive una fuerte tensión. Esto es porque, a pesar de los cambios descritos, persisten los mecanismos tradicionales de conciliación entre trabajo productivo y reproductivo. Es decir, se mantiene la idea de que hay una mujer en el hogar a cargo del trabajo doméstico y del cuidado familiar, y un varón en el mercado con empleo estable. No hay muchas propuestas sobre normas distintas y nuevos servicios para hacer compatible el trabajo, el cuidado de las personas y el desarrollo personal. Nos enfrentamos, por tanto, a una situación de riesgo en cuanto a la posibilidad de sostener y reproducir la vida de hombres y mujeres, niños y adultos, trabajadores y trabajadoras.
 


Sabía que...
El 40% de las mujeres ocupadas y el 53,4% de los hombres ocupados trabajan en jornada completa.

El peso sobre las mujeres

   Este proceso afecta de manera especial a las mujeres que conservan la responsabilidad asignada socialmente del trabajo doméstico y de cuidado, al mismo tiempo que se integran al mercado laboral en forma creciente.
   De aquí derivan riesgos para su salud física y mental asociados al aumento de su carga total de trabajo e inseguridades en relación al empleo y al bienestar familiar. En el empleo, las mujeres se orientan hacia trabajos más informales que les permiten satisfacer las necesidades de la vida doméstica y familiar, pero que son frecuentemente precarios. A la vez, cuando las tareas reproductivas demandan su presencia en el hogar interrumpen sus trayectorias laborales y pierden por esto opciones de capacitación y de promoción en sus carreras. Y son más pobres en su vejez, porque no han acumulado suficientes fondos previsionales. En relación al bienestar familiar, la sociedad presiona y culpabiliza a las mujeres por los riesgos a los que hijos e hijas están expuestos, factor que afecta la decisión de ingresar o no al mercado de trabajo, y de formar o no una familia.
   Se suele considerar la flexibilización de la jornada laboral para las mujeres como una manera de compatibilizar el trabajo productivo y reproductivo. Pero al mismo tiempo, implica una reducción de costos laborales, incluidos los relativos a la reproducción, que siguen ligados exclusivamente a ellas. Además, permite sostener una oferta de trabajo flexible, necesaria en la actual organización de la producción. Por otro lado, como hemos visto, la flexibilidad de la jornada asume formas que muchas veces no permiten adaptarlas al cuidado de la familia y las necesidades de la propia salud, así como a las de formación laboral y personal.
   En gran parte esto ha ocurrido porque los procesos de desregulación económica, social y laboral, llevados a cabo en Chile en las últimas décadas, han instalado una flexibilidad basada casi exclusivamente en la perspectiva empresarial. Ha estado dirigida a adaptarse a las nuevas pautas de producción y comercio, pero no a las necesidades de las personas. Los sectores mayoritarios de la sociedad, entre ellos los trabajadores y las mujeres, no han podido incidir en las pautas de flexibilización.


Sabía que...
Chile lidera en el mundo el ranking de 49 países en los que se trabaja en promedio el mayor número de horas al año.

Políticas adecuadas a los tiempos

   Paradójicamente las políticas sociales se diseñan todavía en base al modelo de familia tradicional de padre proveedor y madre cuidadora. Esta distorsión de la realidad afecta negativamente no sólo la vida de las personas, sino también la calidad del trabajo y la productividad, en la medida en que las políticas públicas no responden a las necesidades de la reproducción de la sociedad actual.


En el marco de la actual realidad económica, social y laboral, la política respecto a la jornada laboral debe responder no sólo a las necesidades de flexibilidad de la producción, sino también a las de los y las trabajadoras en las distintas etapas de su vida.

Es necesario un cambio en la organización y distribución del trabajo doméstico y de cuidado entre hombres y mujeres para que ambos tengan iguales opciones de participar en la producción y en la reproducción, aspectos indispensables para que la vida humana sea sostenible.

Ampliar la cobertura de protección de la maternidad y paternidad, particularmente la relativa al cuidado infantil, incluyendo a los varones, a trabajadoras/es temporales y con diferentes formas de relación laboral.

La distribución del tiempo de trabajo debe considerar también las mayores necesidades actuales de capacitación laboral y la igualdad de oportunidades en el acceso a ella.

   Escoger una perspectiva de flexibilidad más sensible a los requerimientos de equidad social y de género es parte importante del diseño de un nuevo contrato social que equilibre los procesos de producción y reproducción.
   Esta situación plantea la necesidad de abrir espacios de debate con los diversos actores sociales y políticos para explorar alternativas y generar las condiciones necesarias para implementar la flexibilidad que se requiere en esta nueva etapa de desarrollo que vive la sociedad chilena y gran parte del mundo.

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Argumentos para el cambio     ISSN 0717-2346

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    Esta publicación cuenta con el apoyo financiero de la Fundación Ford.