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febrero-marzo
2008

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UN 8 DE MARZO MÁS...

    El 8 de marzo es uno de los símbolos de las largas luchas de las mujeres por transformar su posición en la sociedad, acceder a los recursos, obtener reconocimiento social y ejercer ciudadanía. Las luchas de las mujeres han tenido hitos importantes que se cristalizan en logros y en derrotas. Entre estas fechas destaca la obtención del derecho al voto y en el caso del 8 de marzo se recuerda la muerte de las obreras luchando contra las injusticias.
    Mirando la historia de los últimos siglos es posible apreciar que las mujeres han sido protagonistas de una de las revoluciones democráticas más importantes. Ellas han dejado de pensarse a sí mismas en una relación de dependencia con los otros –padres, hermanos e hijos– y han pasado a concebirse, no sin resistencias, como un sujeto que construye su vida.
    En las últimas décadas, las mujeres han ingresado crecientemente al mercado de trabajo y alcanzado mayores niveles educativos. Sus demandas y movilizaciones han propiciado reformas en el Código Civil, que les reconocen mayor autonomía y derechos, la promulgación de leyes específicas favorables a las mujeres y la generación de nuevas institucionalidades. Por otra parte, hay más mujeres en cargos políticos y la presidenta es mujer.
    Argumentos para el cambio quiere, en ocasión de este nuevo 8 de marzo, reflexionar sobre las transformaciones sociales en curso que, si bien benefi cian a las mujeres, exigen reconocer cambios subjetivos y las tensiones tan to para ellas como para los hombres, y promover un debate público y polí ticas que permitan y sustenten los nuevos estilos de vida.


Sabía que...
21,2% de las
mujeres y 31,3% de los hombres opinan que la obligación de una esposa es hacer casi todo el trabajo doméstico.

Fuente: Encuesta Humanas.

Los costos del cambio

    La heterogeneidad de experiencias que viven las mujeres contribuye en la actualidad a afirmar su independencia y a ampliar las formas en que se perciben y construyen sus vidas. Las mujeres se están incorporando más al mercado de trabajo, tienen mayores niveles de educación y márgenes de decisión para elegir sus relaciones interpersonales.
    Los cambios en la participación laboral, en el trabajo doméstico y de cuidado y en la sexualidad son indicadores de las transformaciones en las relaciones de género. Las mujeres están transitando desde la dependencia a la autonomía económica y en el plano erótico sexual se han movido desde la pasividad a una posición más activa, reivindicando el placer y diferenciándolo de la sexualidad orientada solo a la reproducción.
    Estos cambios que cuestionan las categorías tradicionales de lo femenino y lo masculino suelen ir acompañados de un alto costo psíquico para hombres y mujeres. Esto es así porque la subjetividad se va construyendo a través del tiempo, en las relaciones sociales y en las imágenes de sí que son de- vueltas a las personas. Estas van incidiendo conciente e inconcientemente en sus motivaciones, expectativas y temores.
    En la actualidad, mujeres y hombres deben reelaborar las bases de su identidad personal sin perder el reconocimiento y la valoración que les otorgan los demás y sin negar las relaciones de interdependencia.
    En el caso de las mujeres, esta tarea tiene lugar en contextos de grandes resistencias institucionales tanto en el trabajo y en los servicios públicos como en los programas sociales (públicos y comunitarios). Asimismo, dan lugar a enfrentamientos cotidianos en la familia, desaprobaciones por parte de sus parejas, hijos y padres y hasta de ellas mismas por alejarse de los roles tradicionales.  


Sabía que...
A pesar de las
opiniones de hombres y mujeres, las que trabajan
fuera del hogar usan
5 veces más tiempo que los hombres en tareas domésticas.

Fuente: Encuesta Sernam
2002

Entre la autonomía y la necesidad de reconocimiento

    La participación de las mujeres en el mercado de trabajo les otorga una fuente de valoración personal y de reconocimiento social, y genera condiciones para negociar una nueva distribución de las responsabilidades de cuidado y domésticas. Sin embargo, no está exenta de conflicto.
     Las discriminaciones que sufren en el mercado de trabajo limitan su autonomía económica por los menores ingresos y oportunidades, disminuyen la posibilidades de reconocimiento social y les resta posibilidades para negociar sus trayectorias laborales con sus parejas. Igualmente, están sometidas permanentemente a la culpa por no cumplir a cabalidad los ideales socia- les, siempre difusos, de una buena madre dedicada a sus hijos y a mantener la armonía conyugal. Siguen concibiendo estos objetivos como de su exclusiva responsabilidad individual, pese a la complejidad del cuidado, la educación y de las relaciones interpersonales en el mundo actual. Al menor conflicto son presionadas a renunciar a sus proyectos y/o a recurrir a complicadas estrategias personales para combinar las bases de su identidad más tradicional con las nuevas. Por su lado, los hombres se encuentran con dificultades para asumir responsabilidades en el campo del cuidado y enfrentan la incomprensión y desvalorización de sus congéneres y las rigideces de un ámbito laboral cuyo modelo de trabajador es un hombre totalmente disponible a los requerimientos del trabajo. Asimismo, aunque asuman más tareas de cuidado y domésticas, aun con satisfacción, no las sienten como su responsabilidad principal y tampoco cuentan con espacios donde elaborar y valorar estas experiencias. Además, los hombres se resisten, consciente o inconscientemente, a perder su posición privilegiada en el núcleo familiar, donde son objeto de cuidados y atenciones especiales, y a ser dueños de su tiempo no laboral y de su dinero.
     Por otra parte, la sexualidad llega a ser una experiencia personal y social cada vez más rica, la que suscita expectativas, nuevos sentimientos y emociones. Mujeres y hombres se sienten con el derecho de explorar y desarrollarse como personas a partir de su sexualidad y también a establecer acuerdos con sus parejas sobre la forma de relación a que aspiran: intimidad y seguridad, sin olvidar su dimensión erótica.
     Las parejas, entonces, no están sólo sustentadas en la familia o la conyugalidad, y el reconocimiento de la libertad en este campo expone a las mujeres (por contar con menos poder) a la inseguridad y al sentimiento de abandono. De allí que exista una tensión permanente entre el deseo de libertad y la búsqueda de seguridad y reconocimiento.
     La mayoría de las mujeres y de los hombres siguen considerando que la integración entre nuevas y viejas identidades es un asunto personal. Las mujeres se las arreglan con dificultad para aprovechar las nuevas oportunidades, evitar el conflicto y no renunciar a la seguridad que les proveen las bases tradicionales de su identidad.
     Sin embargo, aunque las transformaciones subjetivas se procesen en el nivel individual, se sustentan, se favorecen o se entorpecen con los discursos culturales, las políticas y el comportamiento de las instituciones. Los malestares privados derivados de estas exigencias subjetivas deberían dar lugar a debates públicos, a nuevos funcionamientos institucionales y a políticas que reconozcan la legitimidad de nuevos y variados estilos de vida y arreglos personales.


Sabía que...
En las
úlltimas décadas ha disminuido la diferencia de edad entre hombres y mujeres para la entrada a la sexualidad activa

(Irma Palma 2006)

Como procesamos los cambios

   Las transformaciones sociales de la subjetividad y las tensiones que ellas implican varían de acuerdo a la edad, los recursos de que disponen y sus biografías particulares. Es conveniente, entonces, propiciar políticas en el ámbito laboral, de protección social, de salud sexual y reproductiva, educa- ción sexual y prácticas de convivencia que favorezcan los cambios subjetivos y sociales, reduzcan el malestar y reconozcan la necesidad urgente de redistribuir los recursos que sustenten los cambios.

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Argumentos para el cambio     ISSN 0717-2346

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