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Sabía que...
A pesar de las
opiniones de hombres y mujeres, las que trabajan
fuera del hogar usan
5 veces más tiempo que los hombres en tareas domésticas.
Fuente: Encuesta Sernam
2002
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Entre la autonomía y la necesidad de reconocimiento
La participación de las mujeres en el mercado de trabajo les otorga una fuente de valoración personal y de reconocimiento social, y genera condiciones para negociar una nueva distribución de las responsabilidades de cuidado y domésticas. Sin embargo, no está exenta de conflicto.
Las discriminaciones que sufren en el mercado de trabajo limitan su autonomía económica por los menores ingresos y oportunidades, disminuyen la posibilidades de reconocimiento social y les resta posibilidades para negociar sus trayectorias laborales con sus parejas. Igualmente, están sometidas permanentemente a la culpa por no cumplir a cabalidad los ideales socia- les, siempre difusos, de una buena madre dedicada a sus hijos y a mantener la armonía conyugal. Siguen concibiendo estos objetivos como de su exclusiva responsabilidad individual, pese a la complejidad del cuidado, la educación y de las relaciones interpersonales en el mundo actual. Al menor conflicto son presionadas a renunciar a sus proyectos y/o a recurrir a complicadas estrategias personales para combinar las bases de su identidad más tradicional con las nuevas. Por su lado, los hombres se encuentran con dificultades para asumir responsabilidades en el campo del cuidado y enfrentan la incomprensión y desvalorización de sus congéneres y las rigideces de un ámbito laboral cuyo modelo de trabajador es un hombre totalmente disponible a los requerimientos del trabajo. Asimismo, aunque asuman más tareas de cuidado y domésticas, aun con satisfacción, no las sienten como su responsabilidad principal y tampoco cuentan con espacios donde elaborar y valorar estas experiencias. Además, los hombres se resisten, consciente o inconscientemente, a perder su posición privilegiada en el núcleo familiar, donde son objeto de cuidados y atenciones especiales, y a ser dueños de su tiempo no laboral y de su dinero.
Por otra parte, la sexualidad llega a ser una experiencia personal y social cada vez más rica, la que suscita expectativas, nuevos sentimientos y emociones. Mujeres y hombres se sienten con el derecho de explorar y desarrollarse como personas a partir de su sexualidad y también a establecer acuerdos con sus parejas sobre la forma de relación a que aspiran: intimidad y seguridad, sin olvidar su dimensión erótica.
Las parejas, entonces, no están sólo sustentadas en la familia o la conyugalidad, y el reconocimiento de la libertad en este campo expone a las mujeres (por contar con menos poder) a la inseguridad y al sentimiento de abandono. De allí que exista una tensión permanente entre el deseo de libertad y la búsqueda de seguridad y reconocimiento.
La mayoría de las mujeres y de los hombres siguen considerando que la integración entre nuevas y viejas identidades es un asunto personal. Las mujeres se las arreglan con dificultad para aprovechar las nuevas oportunidades, evitar el conflicto y no renunciar a la seguridad que les proveen las bases tradicionales de su identidad.
Sin embargo, aunque las transformaciones subjetivas se procesen en el nivel individual, se sustentan, se favorecen o se entorpecen con los discursos culturales, las políticas y el comportamiento de las instituciones. Los malestares privados derivados de estas exigencias subjetivas deberían dar lugar a debates públicos, a nuevos funcionamientos institucionales y a políticas que reconozcan la legitimidad de nuevos y variados estilos de vida y arreglos personales.
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